• ocebollabueno

EL TIEMPO QUE SE NOS VA

Actualizado: 15 de nov de 2020

Mi abuela Marcas -nació el día de San Marcos y entonces era cuasi obligatorio que a los bebés se les pusiera el nombre del Santo correspondiente aunque fuera del sexo contrario- hacía unos chorizos de muerte. Para mí, la Octava Maravilla del Mundo Antiguo. Los ponía en unas vasijas de barro que sellaba dejándolos reposar durante mucho tiempo en la planta de arriba de su casa, en la buhardilla, entre trastos, gatos y arañas.

Aún recuerdo su sabor: ¡qué cosas! Nunca más volveré a probarlos. Divago en torno al sabor unos chorizos porque últimamente me ha dado por pensar en aquel mundo que se nos va. Me refiero al mundo de nuestros abuelos: el de las camas en las que uno se hundía casi hasta encajarse. Despertabas en la misma posición que te habías dormido para no tocar el resto helado de la cama que era parte de Groenlandia.


Recuerdo bajar corriendo las escaleras hasta el fuego del hogar, donde mi abuela nos esperaba con el cazo de leche en las trébedes. Desayunábamos con el calor de las llamas en to la cara viendo como el humo se escapaba por la chimenea.


Sí no sabes lo que son las trébedes es que no has vivido aquel tiempo.


Era un mundo que hoy parece tan lejano: las puertas de las casas estaban abiertas durante todo el día y pasaban libremente las vecinas y los parroquianos en horas prudenciales (prudenciales para los pastores, no para los que habíamos estado de fiesta hasta las tantas de la madrugada). Aquellas casas tenían despensas y leñeras. Cuadras para los animales o patios donde bestias humanas y animales convivían. Aquellas casas tenían de todo menos cerraduras.


¡Qué tiempos! Ir a coger cardillos, cardanchas para los conejos. Salir tras las lluvias a por níscalos, caracoles, espárragos o cagarrias. Cazar pájaros con la escopeta de perdigones para que mi abuela se los hiciera fritos. La de cosas que se pierden: lo que hacía con mis padres difícilmente las haré con mi hijo. Todo pasa, nada queda, -decía el poeta- pero lo nuestro es pasar. Ahora nosotros somos el engranaje entre aquel tiempo que se nos va, y el tiempo de nuestros hijos.


Recuerdo a las vecinas hablando al fresco en las noches de verano. Sitas en las puertas de las casas, sentadas cada una en la silla que traían: aquí y acullá unas y otras en pequeños grupos, retrasmitiendo el “sálvame” de cada noche. Aquel tiempo de dos canales y muchos diales.


También recuerdo la pequeña tienda de barrio de mi abuela Pili:


-¡Pili! Perdona que te moleste. Es que me he quedado sin aceite- gritaba una vecina por la ventana mientras comíamos. La tienda estaba cerrada, pero no para la gente del barrio. Era como una farmacia de guardia: 24 horas, 365 días del año. Aquellas gentes que habían vivido “el año del hambre”[i] tenían una conciencia grupal y un sentido de la solidaridad innato que les llegaba vía directa de la guerra y de la miseria que habían vivido.

-¡Lupe! Dale a la Mauchi un litro aceite- decía refunfuñando a mi prima.

-¿Por qué abres abuela? ¡Si está cerrado! ¡No nos dejan comer en paz!- le replicaba mi joven e ignorante yo de aquél entonces.

-¿Sabes la de veces que mis hijos comieron por la Mauchi?- Fin de la historia. Dicen somos un país solidario, pero yo creo que gran parte de esa solidaridad se va con aquellas gentes.


¡Qué pocos quedan ya! Los veía hasta marzo en la residencia en la que estaba mi madre, antes de que el coronavirus se la llevara. Para mí, aún es demasiado pronto para hablar de todo aquello. Sin embargo, recuerdo la llamada de la Directora del Centro, que es trabajadora social, varios meses después del fallecimiento de mi madre. Entonces llevaban casi treinta muertos en la residencia, la mayoría con síntomas:


-La UME[ii] viene y desinfecta. Nos indican que aislemos a todos los abuelitos. Se pasan los días solos en su habitación, sin visitas, sin poder hacer actividades. Para la gente joven puede ser un incordio pero cuando apenas te queda tiempo, pasarlo así es terrible. Hay abuelos que les queda tan poco: semanas, un mes o dos. Pasar así tus últimos días es terrible, pero claro, no lo entienden. Hay que seguir el protocolo- me decía por teléfono.


La muerte social que precede a la muerte física como nos anunciaba Philomeno[iii]. Si nosotros tenemos la sensación de que este bicho nos ha robado un año, cada vez que pienso que ha robado los últimos días de aquellas gentes, de los enfermos, de los más débiles, me pongo malo.


Es quizá que, por eso, sigo sin entender a quienes protestan en coches por el centro de Madrid apropiándose de la bandera de España como si fuera suya. A los que van por la calle con la mascarilla en la cabeza o en la barbilla. A los que viven la noche y se quejan del toque de queda. A las manifestaciones de los negacionistas. Pienso en lo egoístas que llegamos a ser: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Este virus está sacando lo peor de cada uno.


Y por alguna razón no puedo dejar de pensar en los abuelos que aún quedan de aquel tiempo perdido.


Aquellos abuelos a los que se les llena el tiempo de maldita soledad.




Ilustraciones:

- Gloria y Lucia (2019) - Óscar Cebolla

-Todos seremos dependientes (2017) Parte de la Exposición: PSOE, una retrospectiva personal


[i] Los años del hambre en España: https://www.eldiario.es/cultura/espana-paso-hambre_1_5993973.html [ii] UME: Unidad Militar de Emergencias [iii] El libro Negro de Philomeno. Alejandro Robledillo https://www.alejandrorobledillo.com/producto/el-libro-negro-de-philomeno-copiar/

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